Lullaby & el verano invencible

«En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible.» Camús

Nunca había pasado tanto tiempo sin escribir, estática ante un teclado, emociones sin salida, atascadas en inviernos de sol cubiertos de nieve. Con poco coraje para quedarme a solas conmigo misma y escuchar por dentro, a modo caracola. Demasiados ecos, silencios e irrealidad. Hoy, suena de nuevo Lullaby de Sleeping at last en la casita marinera, engranaje, suena oxidado pero precioso. Puedo escribir.

Hay en ti un verano invencible, de esos que resurgen después de una tempestad invernal, de esos de sol radiante, de cielo azul y de brisa marinera. Hay en ti un verano valiente, lleno de matices, lleno de bondad. Porque eres fuerte, y te haces enorme y brillante ante la adversidad, como una de esas estrellas de tus historias, esas que te cuelgas del cuello.

Porque sólo tú conoces tus miedos más profundos y tus luchas siberianas. Sólo tú conoces esa tristeza inexplicable que te aparta de las cosas, y esa fuerza única que te devuelve a ellas para respirarlas, si cabe, mucho más intensamente. Verano invencible, gracias por hacerme respirar lento y profundo, por enseñarme tanto de mi, por abrazarme fuerte cuando no había brazos alrededor y recordarme todo lo que no anoto en libretas y debería ser lo más importante de recordar.

Escribo a ratos, en mañanas de sábado, días raros de ventolera, o tardes de mar. Querría contarte mil cosas bonitas, pero no se ordenan, se hacen una pelota gigante en el corazón y no son capaces de atravesar la garganta. Puede que haya demasiada luz, demasiada emoción, demasiado de lo creativo ahí dentro; atasco absoluto, difícil de gestionar. Entonces llegas tú, con esos ojos azul chocolate y me das la mano, respiro, la garganta se suaviza, suenan canciones y sólo me sale decirle al mundo lo mucho que te quiero.

No te entretengas en lo que no merece la pena, en quiénes no te sonríen un martes cualquiera para recordarte que están contigo en el camino, no te entretengas en compromisos absurdos, ni te pares en lugares en los que verdaderamente no quieres estar, al final son dos tardes y un café para compartir. Utiliza la temporalidad a tu favor para llenar tu mundo de seres especiales, que den sentido a esos ratillos de cafetera y hagan que merezca la pena el viaje.

Cierra los ojos, respira el aire templado de la habitación, será sólo un momento. Dedícate ese rato que te mereces, porque nunca volverá. Te voy a contar una historia.

Había una vez una niña que dibujaba cohetes, se encerraba en dibujos porque no entendía el universo que la rodeaba, y sólo quería escapar por el espejo del jardín a colorear su mundo para ser feliz. Creció, y siguió sin entender absolutamente nada de lo que había venido a aprender a la tierra, así que continuó su viaje, viajó muchísimo para encontrarse a sí misma, hasta que un día se perdió del todo.

Quiso encontrar marejadas y encontró un mar en línea recta, quiso salir a navegar, tranquila, aprovechando esa serenidad, y se le nubló el día, y llovió en la playa como nunca antes lo había hecho en los últimos cincuenta años. Descubriendo, que quizás la vida nunca sucediese como ella la había planeado, y que sería interesante empezar a vivir sin esperar, para dejar de estar perdida. Sin necesidad de entender el tiempo, ni los días, simplemente alejando, poco a poco, y muy muy lejos esa tristeza inexplicable que llegaba de golpe, sin motivo aparente y la ahogaba en vasos medio vacíos.

Puede que esa niña fueses tú misma, la que estás al otro lado de la pantalla leyendo esto con emoción y sintiéndote identificada, o puede que fuese yo… quién sabe. A lo mejor nos perdimos juntas, buscando, menuda estupidez ¿no crees?; perderse buscando algo.

Gracias verano invencible, por hablarme de mi mar cuando se me olvida, del ramo de flores de mi 34 cumpleaños o de nuestro café burbuja en un Madrid de ruido. Te prometo que estoy rompiendo el círculo de ansiedad incoherente y sigilosa por ti, extremadamente fuerte, aunque aún ando de puntillas en la oscuridad. Porque la vida, que es muy sabia… a ratos nos marea apropósito, atrapándonos en cápsulas complejas, haciéndonos recordar un puñado de cosas que estábamos olvidando.

Porque siempre aparece una botella con mensaje, mítica de películas de náufragos, frente a un océano masivo. Y nos empuja a sacar lo inservible de los armario, a tirarlo por la borda. Para navegar sin lastres, sin pesos, sin sobrecarga… Tan sólo navegar.

«Gracias por entregarme tu corazón lleno de latidos y ponérmelo dentro para que suene mi verano.»

A todos los que viajan, porque sólo ellos se han perdido.

imagen carlias.com

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