Invitadas, champán y otras pócimas

“Eres la manera que tiene el mundo de decirme lo bonita que es la vida.” J. Cortázar

Mar, preciosa novia Helena Mareque y Ana Dora, perfecta invitada Suma Cruz.

Invitada perfecta… me pregunto que habría hecho sin ti todo este tiempo, no se como habría sobrevivido a mis catarsis siberianas y a tanto melodrama peliculero; ratos de desamor, suspensos como catedrales y días de lluvia intensa. Gracias, simplemente por traer crepes de chocolate esos días raros, por saber poner siempre la película adecuada, por convertir nuestro pasillo en la pasarela de las estrellas y ponerte esa falda de tutú cada tarde para ver Fama a bailar.

A cerca del miedo

“Sólo quiero que te vayas, sólo quiero que se acabe… sólo quiero que me dejes solo. ¡Fuera! Vete de mi casa… no soy más que un niño con los pies descalzos.” Pablo López

No se cuantas veces habré empezado o terminado una entrada del blog diciendo aquello de que el miedo sólo es al empezar… después esa sensación se desvanece, salimos del círculo de seguridad, lo ampliamos… y nos sentimos un poquito más libres, un poquito más enormes.

Si te dijese algo a cerca del miedo, te diría que es un espejismo, un arma que nos obliga a dejar de ser niños, que nos ata las manos, que nos encierra en realidades de barro y nos empuja a apagar las luces de esas habitaciones donde una vez construimos sueños, donde jugábamos a todo lo olvidado, siendo felices.

Cambio de rumbo

“La vida es como un globo aerostático. Para subir más, hay que saber soltar lastre y arrojar por la borda todo lo que nos impide elevarnos.” Raphaelle Giordano

Tenemos miedo, que digo miedo “pánico” al cambio, al giro repentino de planes… a la necesaria y vital forma de girar el volante 360 grados de vez en cuando. Recuerdo alguno de esos instantes clave, pequeños o grandes acontecimientos en la vida que me hicieron levantarme de la silla de golpe. Ese “clic” que señala que es hora de partir, señales, muchas de ellas desapercibidas… como un café que sabe diferente… o esa tristeza sostenida de invierno, una frase en el autobús… aquella canción de Queen… sensaciones con todo y para todo. Es entonces, cuando tras tres o cuatro tardes de duda y melodrama, de películas surrealistas y de litros de helado de chocolate a la americana… decides que hay que dibujar otros caminos. Y aunque la incertidumbre siempre ha sido mi punto débil, he de decir que es de las mejores cosas que nos regala la vida, sino menuda falta de factor sorpresa… ¿no creéis?

Mi primera carta de amor

“Juraría que cada palabra que cantas… la escribiste para mí.” James Arthur

Me pregunto que estarás haciendo ahora, flotando en la calma, preparándote para ese viaje del que aún nada conoces. A mi me entra un gusanillo en la barriga cada vez que hablo de ti… no sé si algún día podrás comprender esa sensación. Amor y miedo, menuda mezcla contradictoria y al mismo tiempo inseparable. Supongo que el miedo es inevitable, pero como siempre te han dicho y repetido, el miedo es sólo al empezar, después todo se afloja, todo fluye… probablemente porque ya estaba establecido que así fluyera en alguna estrella, y la vida transcurre, de la mejor manera que sabe.

La vida sencilla

“Ven hasta aquí, sálvame tu… ponte a reír, prende la luz… cerca de tí, tiemblo.” El funambulista

Lo digo en serio; siéntate un momento ahí, donde puedas, prepárate un tazón de buen café en la taza más apetecible que tengas en tu casa… dedícate ese momento (te lo mereces), mira por la ventana y recuerda algún instante de tu niñez, probablemente olería a buñuelos, sonaría a coro, a llantos por caídas de la bici, a abrazo con chocolate, a vida sencilla…

La vida sencilla, es fácil. Desayunos en el porche, zumo de naranja recién exprimido, ese olor a pan y a bosque… una cesta de fruta, colores almendra, nogal, una pizca de lavanda y notas de Van Morrison en mi tocadiscos. Bailotear contigo ese “Days like this”, canción fascinante que debería ser la banda sonora de todas las vidas sobre la tierra.

Tu nueva yo

Los momentos malos constituyen esa necesidad para el aprendizaje, esos puntos de inflexión que nos abren los ojos y nos hacen un poco más fuertes, más astutos, menos cobardes y mucho más valientes. Dices que odias el paso del tiempo, que te agobia que pase el verano y que las semanas se te esfumen como agua entre los dedos… que odias los domingos, que se apodera de ti la ansiedad inexplicable del paso de los ciclos, del fin de las semanas… en cambio a mi, cada vez me gustan más… por esa nostalgia que encierran. Los domingos son mi día de escribir, de espacio para la desconexión (tan necesariamente humana), el día del baño caliente con espuma o del libro en el sofá.

Puede que ya me encantasen los domingos en la universidad (cuando renegaba de ellos, engañando a todos), era nuestro día quejica, ese que ahora no cambiaría por nada… y que constituye uno de los recuerdos más nítidos y geniales que tengo… acurrucadas en aquel cuarto congelado de la residencia, comiendo galletas y hablando sobre lo poco que sabíamos de la vida… (tampoco es que ahora sepamos mucho… a decir verdad). Te fumabas tu cigarrillo en la ventana, con ese estilazo tuyo, desenfadado pero de cine, con aquellas gafas de pasta, repasando sobre tus monturas algunos apuntes de última hora.

Verano

Ya estamos de nuevo por aquí, han sido unos meses complejos, llenos de bocetos que se armaban y desarmaban por segundos, llenos de rupturas internas y de comienzos, supongo que como siempre en la vida… hay ratitos de pararse, de reflexionar y de descargar todo aquello que pesa de más. Aún me encuentro en una de esas descargas “siberianas”… pero poco a poco todo se siente más ligero. Birichinata está siendo un caos absoluto que no termina de concordar, un batiburrillo lleno de piezas que encajan pero se repelen a la vez, aunque aquí sigo inmersa en este sueño, compartiendo con todos vosotros este proyecto… difícil de interpretar.

Y es que a lo tonto a lo tonto nos hemos metido de lleno en otro verano más, un verano de calorín, de sombrillas a borbotones y de ajetreos… Parece que el metro cuadrado de playa vale oro. Que lejos quedaron aquellos días de invierno, de paseos por esas arenas nostálgicas… Los veraneantes no saben de la magia de la playa de invierno, de sus secretos, ni de su tempestad…

Y aunque me disfrazo de turista y me entremezclo entre las señoras con gafas a la última y sombreros ibicencos, esta arena siempre me hace sentir especial, en casa, en esa casa veraniega que se prepara año tras año para el festín, para esos meses intensos de julio y agosto, dando todo de sí misma en un verano de luces y ferias, rebosando ruido, música, carcajadas y brindis con mojito a la luz de la luna… Es bonito ver esa estampa repitiéndose año tras año, desde la perspectiva de morriña de los días lejanos, en los que la ciudad nos olvida y nos convierte en una postal de nevera, en una taza de recuerdo para el desayuno, o en ese amor de verano que nunca volverá… desde esos días en los que la niebla marinera lo respira todo y el ritmo se enlentece y todo absolutamente todo se hace místico, recordándome porque esta es la única orilla del mundo que no dejaría nunca de mirar.

La Astronauta Valiente

Está la gente que vive en un metro cuadrado de realidad, que es feliz en una minúscula pompa donde todo cabe y todo controla, están los malhumorados, los quejicas incansables, los luchadores, los superficiales sin “chicha ni limoná”, los que quieren soñar, emprender y romper el techo, los que no duermen, los que se enamoran, los que lloran, los que ríen… están todos esos. Y después… están los valientes, estás tú. 

La Casita Marinera


El mar y sus azules por la ventana, colores anaranjados que se dibujan como un cuadro de Monet. Y me quedo en blanco… pasmada mirando los minúsculos barcos en el horizonte. Historietas, viajes, películas… textos que regresan a mi memoria a modo de voz en off… y no me encuentro.

… yo sólo quiero, yo sólo entiendo, yo sólo busco… y ya no me encuentro.

Puede que a veces (y sólo a veces), tengamos que perdernos, apagar nuestras bombillas un ratito, y en esa oscuridad en la que no queda nada de lo que habíamos dibujado; reconstruir nuestras piezas, para resurgir, como ese terremoto que solíamos ser los domingos por la tarde.

Y es que uno no se imagina todo lo que se ve desde la Casita Marinera con las luces apagadas… ese pellizco en la barriga que algunos llaman ansiedad. Esa lagartija que se empeña en alejarte de ti misma, de tus planetas. Todo proceso creativo tiene tintes oscuros, NOES enormes y pérdida de visibilidad… atardeceres y amaneceres exactamente idénticos. La soledad es muy creativa, guarda una nostálgica que engancha, e incluso que da miedo… que aparta y mucho, de casi todo. Los sueños… enormes, se vuelven inalcanzables, y eso… no puede ser.

REINAS

Con esa fuerza más grande que el viento, entrabas en las habitaciones y lo llenabas todo.

Uno oculta el invierno bajo sus hojas, se disfraza de arboleda y de seguridad, colores vino que nos alejan de la niñez o nos devuelven a ella, a modo de calcetines de lana con bolones. Puede que seas difícil de entender, probablemente seas como uno de esos conceptos extremadamente creativos o abstractos. Da igual, eres deslumbrante incluso con ese improvisado pijama que gastas, colores flúor, atuendo para explorar territorios, sacar la basura y perderse por travesías en ascensor.

No sé si dibujaste tus perspectivas en algún papel (algunos días lo busco). Recuerdo contemplarte pensando que eras como una estrella desaprovechada, que brillabas demasiado para aquellas cuatro paredes… podrías haber escrito historias de cine, vivir entre focos, luces y noches de gala. Pero tu forma de planear la vida no te lo hubiese permitido, se alejaba, años luz, de todos esos mundos paralelos.

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